Los Padres – Guía para aprender a tomar decisiones – La Inteligencia Ejecutiva

Guía para aprender a tomar decisiones

 

‘La inteligencia ejecutiva’ / José Antonio Marina / Edita Ariel / Año 2012 / 186 páginas / 15,20 euros

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José Antonio Marina, filósofo y pedagogo, lleva muchos años dedicado a investigar cómo mejorar la educación de los hijos, aprovechando lo que la ciencia ha averiguado sobre el cerebro humano.

Su Universidad de Padres, que funciona a distancia como la UNED, fue creada con ese objetivo, el mismo que se convierte en el eje de su último libro, ‘La inteligencia ejecutiva’, un volumen en el que descubre que para sacar provecho de la razón y las emociones hay que tener capacidad de tomar decisiones, de tener el timón bien amarrado, lo que no es fácil en una sociedad en la que sobran estímulos y falta tiempo para ejercer de educadores.

Marina se plantea esta obra como la bitácora de un imaginario Congreso Mundial de Inteligencia Ejecutiva, por el que van desfilando los más importantes neurocientíficos del momento, como Antonio Damasio, Rusell Barkley, o la investigadora Carmen Pellicer.

Con todos ellos debate y de todos saca importante información porque, como asegura, “dejar un capital educativo es la mejor herencia para los hijos”. De ahí que se centre en esta recién descubierta inteligencia ejecutiva, que ejerce de director de orquesta de las otras dos (la cognitiva y la emocional).

Una red diseñada por la educación

“Ahora, gracias a la neurología, vemos que es necesaria una inteligencia más integradora, que consiste en elegir las propias metas y gestionar los recursos para realizarlas”, asegura a ELMUNDO.es. La tiene, afirma, quien es capaz de iniciar planes y terminarlos, pero a la vez son capaces de adaptarse a las nuevas circunstancias, quienes no tienen miedo a tomar decisiones.

“Cuando el cerebro humano evolucionó, creció el lóbulo frontal, que es mayor que en otros animales y organiza sus funciones. Es la sede de la inteligencia ejecutiva. Pero esa capacidad la adquiere el niño mediante la educación. Es como el lenguaje: todos podemos aprenderlo, pero si nos nos hablan, no lo usaremos nunca”, explica el autor.

Como todos los niños nacen impulsivos y caprichosos, aprender a controlar sus deseos es el primer paso, algo que cuando no se hace bien genera trastornos de atención. “Hoy tienen demasiados estímulos y esa sobreestimulación, sin una inteligencia ejecutiva, hace fallar el conjunto. Son niños que reaccionan rápido, pero luego no recuerdan nada”.

Marina alerta sobre el uso excesivo de nuevas tecnologías, como internet, que conllevan una nueva gestión de la memoria y la atención. “Los niños son hábiles en las multitareas, pero el canal que lleva toda esa información a la memoria a largo plazo no se amplía con internet y todo queda en un corto plazo que sirve para poco. Por eso hay que enseñarles lo que es importante memorizar y lo que no. Es la memoria de trabajo, que debe activarse cuando es necesaria”.

Entre las funciones de esta nueva inteligencia ejecutiva menciona, además de la memoria de trabajo, el control de impulsos, centrar la atención, la gestión emocional, tener metas lejanas, ser capaz de iniciar la acción y perseverar en ella, tener flexibilidad mental y la llamada metacognición, que es la reflexión interior sobre cómo pensamos.

Retraso en los adolescentes

Se activan, dice, desde los seis meses, pero es a los 20 meses cuando se establecen enlaces entre lóbulo frontal y los centros emocionales. “Las últimas investigaciones indican que un entorno educativo favorece cómo se crean estas vías, que acaban de madurar en la adolescencia. Ahora se ha comprobado que esos lóbulos frontales retrasan esa maduración a los 20 años, y se debe a que no estamos educando a los hijos en la responsabilidad. Luego la educación está en el núcleo duro de la formación física del cerebro”, argumenta.

Afortunadamente, los errores educativos son reversibles, porque el cerebro humano es muy plástico, pero defiende que “siempre es mejor educar que reeducar”.

Esos errores son los que se reflejan en conductas con déficit de atención o hiperactivas, que asegura que ya tienen entre el 10 y el 12% de la población escolar. “Estos niños de mayores serán vulnerables porque no aprenden a soportar la frustración. Vivirán sólo el presente y tendrán más dependencias porque cuanto más débil sea su estructura ejecutiva, más se agarrarán a algo que les organice la vida. Si a ello se une la falta de empatía por el dolor ajeno, el 50% serán agresivos”

Por ello cree que la educación debiera ser una prioridad absoluta de cualquier Gobierno. “El problema es que estamos en buen momento teórico, en el que sabemos mejor qué hacer para tener hijos educados en sus máximas posibilidades, pero malo en la práctica por falta de recursos“, argumenta.

Aún así, al final, aprobaría al 40% de los padres. “Son los que son afectivos y exigentes a la vez. Pero no son los únicos responsables. El entorno cuenta y es importante influir también en él”, concluye. El otro 60% está suspenso.

Fuente: “El Mundo” (Rosa M. Tristán) / http://www.elmundo.es/elmundo/2012/05/04/ciencia/1336146643.html

 

 
 
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