Trastorno por Déficit de Atención con Hiperactividad ( TDAH ) ( TDA ).

Conversación entre dos adultos escuchada en un supermercado:

 Adulto 1 (Mujer): Mi hijo no puede estarse quieto más de un minuto. Ese es el tiempo máximo que puede dedicar a estudiar o a hacer los deberes. Después se levanta de la silla y no para de moverse. Ya no hay quien le pille para que se vuelva a sentar. Voy a hablar con el psicólogo del colegio para que me diga que puedo hacer.

 Adulto 2 (Hombre): Al mío le pasó lo mismo. Fui con el niño a un neurólogo después de ver a dos psicólogos. Te van a decir lo mismo que a mí. Le recetarán una medicación, algo parecido a las anfetaminas, para que el niño se calme y pueda fijar su atención. Yo no le dí las pastillas. No creo que hagan mucho y me dan algo de miedo los efectos secundarios.

 Adulto1: No, si yo no quiero darle pastillas a no ser que lo diga un médico. Pero yo tampoco aguanto mucho más así. El niño suspende y nos está poniendo a todos muy nerviosos. Su padre no entiende nada y los profesores continuamente nos advierten de que no avanza, de que se queda atrás respecto al resto de la clase y de su conducta inadecuada.

 Cada vez más colegiales son diagnosticados con el ‘Trastorno por Déficit de Atención’ (TDA) que puede ir acompañado de hiperactividad (TDAH) o no. Ante todo, quiero dejar claro que en el caso de la hiperactividad no me estoy refiriendo a ésta como resultado de lesiones cerebrales causadas durante la gestación o el parto. Escribo no sobre una patología sino sobre las llamadas ‘disfunciones’, es decir comportamientos que no se ajustan ‘a lo que se espera o se considera como normal’. Hablamos de niños que antaño se calificaban como ‘culo-inquietos’ (hoy TDAH) y de los que siempre están ‘a la luna de Valencia’ o ‘a por uvas’ (los TDA).

 El problema del cambio de denominación radica en su consideración como enfermedad y la subsiguiente prescripción de fármacos para tratarla. ¿Por qué se presenta como enfermedad si no hay pruebas biológicas que la determinen? Ninguna conducta, ni siquiera una mala conducta, puede ser considerada una enfermedad. Es una estigmatización, no un diagnóstico.

 Si no hay patología, ¿por qué se medica? Me parece más lógico atender al individuo de forma integral, es decir en aspectos tales como el estudio de sus capacidades sensoriales, sus hábitos alimenticios y fundamentalmente su entorno familiar con todo lo que ello abarca. Hemos pasado de dar a nuestros descendientes agua de azahar como placebo para calmar sus estados eufóricos, a suministrarles sustancias que tiene idénticos efectos a las anfetaminas (metilfenidato) y que en el medio plazo provocarán adicciones similares a algunos estupefacientes. Los efectos secundarios son, cuando menos, muy inquietantes, como es bien visible en los Estados Unidos, país que lidera el consumo de estos fármacos.

 ¿No hay más solución que la toma de estos ‘remedios’? Dice Peter Breggin, médico psiquiatra de Harvard y director del Centro Internacional para el Estudio de Psiquiatría y Psicología: “Los psicoestimulantes tendrán un efecto intencionado en el niño que suprimirá la conducta autónoma, espontánea, social y juguetona provocando complacencia, docilidad, una sobre-focalización obsesiva y una conducta repetitiva. El uso extendido de estimulantes habilita a los adultos para dominar y controlar a los niños sin mejorar su propia condición de padre o profesor y sin mejorar la estructura de la familia, de la sociedad y de los sistemas educativos”.

 Comprendo la preocupación de las madres y padres que, alarmados ante ciertos procederes de sus hijos y con la información que les llega del colegio, acuden a profesionales de la medicina y siguen las recetas de éstos. Pero en los casos de los que estamos hablando, les animo a buscar soluciones alternativas naturales, sin efectos secundarios y de gran eficacia, aunque seguramente requerirán de más paciencia e implicación por parte de los progenitores. Generalmente demostramos una fe ciega en lo que consideramos más científico y ortodoxo, denostando lo más natural y obvio. Hemos dejado de confiar en la sabiduría ancestral y de nuestro propio cuerpo al estar totalmente desconectados de ellas.

 La atención del niño está dispersa y lo que nos toca averiguar es dónde tiene su mirada. El sistema educativo no ofrece contenidos interesantes y motivadores para estos cerebros inquietos, curiosos y altamente sensibles. Por otro lado, para nuestros vástagos la prioridad es su familia y ahí es donde muchas veces esta el quid del asunto pues es donde tienen fijada su atención. Aquí es donde nosotros como padres nos tenemos que involucrar. Tratamientos en los que trabaja toda la familia se han demostrado como muy eficaces. Existen métodos que abordan las dificultades en el aprendizaje que son consustanciales a un TDA o un TDAH y personas especializadas en estos trastornos.

 El metilfenidato y los compuestos derivados del mismo, son el nuevo ‘soma’ de este moderno ‘mundo feliz’. Ya advirtió Aldous Huxley sobre las consecuencias del suministro de aquella mágica sustancia que el Ministerio de Propaganda fomentaba para que nadie se saliera de un sano juicio y de un comportamiento adecuado. Una droga que garantizaba una felicidad sin mancha ni dolor, un estado del bienestar total y anestesiado, unos individuos adormecidos y con su individualidad y creatividad anuladas por completo. El escritor británico profetizó que las masas serían conducidas mansamente al matadero bajo los efectos letárgicos de los fármacos.

 Los seres humanos somos más complejos que las teorías que nos describen. Calificar a alguien como TDA o TDAH y prescribirle un psicofármaco para ‘normalizarle’ supone intentar un atajo lleno de socavones y de graves consecuencias. Albert Einstein, Thomas Alva Edison y Leonardo Da Vinci de haber nacido hoy, probablemente tendrían un diagnóstico de TDAH. Su genio hubiera quedado dormido y posiblemente hubieran vivido como personas “normales”. Frecuentemente a un TDAH viene asociado a personas muy originales e innovadoras y altamente creativas. Preservar su genialidad y no ‘estandarizarlos’ debería ser un objetivo para todos. No amargarles la infancia y adolescencia tachándolos de enfermos supone un primer paso. Como dice el profesor emérito de psiquiatría Dr. Thomas Szasz: “Debemos combatir la ‘coerción psiquiátrica’. Es una noble tarea en la que debemos perseverar a pesar de los obstáculos. Es una labor a la que nuestra conciencia nos obliga, a la que no nos podemos negar”.

Fuente: “El Confidencial” (Juan Perea) – http://www.elconfidencial.com/alma-corazon-vida/respetemos-ninos-puedan-ellos-mismos-20091124.html

 

 
 

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