Bancos que luchan contra el olvido

El cerebro es un órgano complejo. En sus neuronas, conexiones y pliegues se esconde lo que sabemos, nuestras capacidades intelectuales, los recuerdos y, en definitiva, buena parte de lo que somos. Y también representa uno de los mayores retos de la comunidad científica. A día de hoy, muy poco se conoce de las partes que intervienen en muchas de las decisiones que tomamos o de aquello que aprendemos; y menos aún de los mecanismos que nos llevan a olvidar y distorsionar los recuerdos. Por ello, algunas iniciativas como los bancos de cerebros buscan soluciones a través de la investigación.

“Sólo sabemos algunas características, pero no cómo se producen y por qué, es todo un reto, por eso, poder contar con material real de nuestro objeto de estudio nos ayuda a analizar y comprender mejor el proceso degenerativo”, explica la doctora María Llorens-Martín, investigadora del departamento de Neurobiología Molecular del Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC).

Para eso existen los bancos de tejidos neuronales. Aunque los investigadores llevan años trabajando con ‘copias’ de estas patologías en animales, todos ellos reclaman el objeto principal de su estudio, ese laberinto que es el cerebro humano, lugar privilegiado donde buscar la respuesta a estas enfermedades. “Afortunadamente la gente está concienciada de la importancia de la donación para salvar vidas, de ahí que nuestro país sea líder; pero, ¿cuántos saben que también sirven para mejorar la calidad de la vida?”, se pregunta el doctor Alberto Rábano Gutiérrez, director del Banco de Tejidos del Centro de Investigación de Enfermedades Neurológicas (CIEN) de Vallecas (Madrid).

Su trabajo, como uno de los creadores de esta institución, consiste en facilitar tanto a los propios investigadores del centro como a otros externos, nacionales e internacionales, cerebros suficientes para desentrañar los mecanismos que generan las enfermedades neurodegenerativas; y con ello llegar al futuro y deseado tratamiento.

Donaciones poco conocidas

Los ‘bancos de cerebros’, como el que se localiza en el madrileño distrito de Vallecas, conservan tejidos cerebrales post-mortem con los que, de acuerdo con el propio paciente o sus familiares, se puede investigar en la cura de patologías como el Alzheimer, el Parkinson, la esclerosis lateral amiotrófica (ELA) o la enfermedad de Huntington.

“La ciencia busca el final del túnel de las demencias a través de ratones genéticamente modificados que puedan responder como si fueran humanos, pero la necesidad de saber a qué áreas afecta, cómo y por qué surgen este tipo de patologías en el cerebro humano es el origen de este tipo de bancos”, señala el doctor Rábano. “El diagnóstico definitivo de patologías como el Alzheimer sólo es posible mediante el estudio cerebral post-mortem, y para ello es necesario la donación del cerebro, tanto sanos como enfermos, algo que todavía no forma parte del imaginario colectivo, aunque se va avanzando poco a poco”.

Así, el Banco de Tejidos del Centro de Investigación de Enfermedades Neurológicas de Madrid cuenta actualmente con 167 cerebros procedentes de los donantes registrados en el banco desde 2007, de los que 57 fueron donados el pasado año, lo que representa un incremento de un 30% respecto a 2010. “Además, estamos en contacto habitual con 344 donantes, de los que el 79% son madrileños”, explica Rábano.

“En lo que llevamos de año observamos que el incremento se mantiene de forma sostenida, lo que nos permite ser optimistas”, explica el doctor Rábano que, aun así, se muestra algo decepcionado con la falta de cerebros de personas afectadas por el Parkinson, así como de donantes sanos. “Este banco se encuentra en el Centro de Alzheimer de la Fundación Reina Sofía, que entre sus cometidos, funciona también como residencia para personas con Alzheimer. Muchos de los pacientes en estados tempranos o sus familiares saben de la importancia de la investigación por lo que, además de gente de fuera que quiere donar, buena parte de nuestros donantes son residentes”, comenta este especialista.

“El problema es que encontramos una carencia importante en cerebros con Parkinson, algo extraño teniendo en cuenta que es la segunda patología neurodegenerativa con mayor prevalencia tras el Alzheimer. Y lo mismo pasa con los tejidos sanos, necesarios para descubrir las diferencias entre unos y otros”, indica.

Una necesidad en aumento

Para muchos especialistas, la importancia de estos bancos resulta vital en sus investigaciones. Según la Organización Mundial de la Salud (OMS) actualmente hay cerca de 35,6 millones de personas que padecen demencia, una cifra que se duplicará en 2030, mientras que para 2050 se prevé que la cifra se triplique y llegue a 115,4 millones.

Además “es la enfermedad crónica que mayor dependencia genera y también una de las que más gasto produce”, relata la doctora Ascensión Zea Sevilla, miembro de la Unidad de Investigación Proyecto Alzheimer de la Fundación CIEN. “Lo mucho o poco que sabemos ahora sobre estas enfermedades ha pasado por el estudio de cerebros post-mortem y se necesita investigar todavía más para llegar a tratamientos efectivos. De ahí su importancia”, señala el doctor Rábano.

Sin embargo, y a diferencia del resto de órganos, “muchas personas no conocen este tipo de bancos, otros tienen dudas sobre la compatibilidad de donar diferentes partes de su cuerpo (algo que ya es totalmente compatible) y, lo que algunas veces es más grave, muchos médicos desaprueban este tipo de donación”, indica este especialista.

“Esto hace que todavía estemos lejos de alcanzar el número de donaciones que se realizan en países como Reino Unido, que cuenta con 15 bancos de cerebros, o en los países del norte de Europa”, comenta. Aun así, además de ayudar a poner en marcha los bancos de Murcia y Salamanca, hay proyectos para abrir otro en Córdoba. “La idea es cubrir las necesidades de todo el territorio porque sabemos que gente de Canarias que ha muerto quería donar su cerebro y por no acudir a tiempo lo perdimos, estas cosas son las que queremos evitar”, añade.

“Otro objetivo es conservar adecuadamente estos tejidos para que se puedan utilizar durante muchos años. Son la base de la investigación y de un posible tratamiento, pero cuantos más podamos conseguir, antes se impedirá que desaparezcan los recuerdos de tanta gente”, finaliza Rábano.

Fuente: El Mundo – http://www.elmundo.es/elmundosalud/2012/07/06/neurociencia/1341595062.html

 

 
 

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