desQbre ¿Por qué pensamos?

Un atributo exquisitamente humano puede traicionarnos

Mucho se ha dicho y discutido acerca de las características que distinguen al ser humano del resto de los animales. Desde el pulgar opuesto –gran responsable de nuestro desarrollo tecnológico- hasta el celo crónico en el cual se mantiene la hembra humana –única hembra en el reino animal que se dedica al sexo cuando procrear no está disponible-, las diferencias críticas y esenciales que nos hacen humanos y nos distancian del resto de las especies son todavía una fuente de debate. Aún así, casi todo podemos terminar adjudicándolo al cerebro, órgano único y exquisitamente distinguible de cualquier otro conocido. Quien se sienta atraído por el estudio de entidades complejas cuyo entendimiento se torna difícil, no tiene más que dedicarse a las neurociencias; el cerebro humano es el sistema más complejo conocido hasta hoy.

Por supuesto, resulta muy sencillo decir que una de las cualidades eminentemente humanas es el pensamiento y por consecuencia, el pensar puede trazar una línea divisoria bastante clara entre el hombre y otros animales. Aunque esta posición también presenta sus complicaciones. La primera de ellas es la misma definición de lo que es pensar. Ni que hablar cuando tomamos en consideración el hecho de que en muchas otras especies animales no humanas, también encontramos elementos muy similares a los del pensamiento humano. Por supuesto, nuestros parientes cercanos, los monos, encabezan la lista pero también se han hallado elementos de “pensamiento en sentido amplio” en perros, ratas, palomas, incluso sapos, pero no en lombrices ni moscas. De todos modos, es evidente, hay una diferencia abismal entre el pensamiento humano y el de cualquier otro ser vivo.

¿Por qué pensamos los seres humanos? No hay una única respuesta, hay muchas. Una de ellas destaca el rol favorecedor que el pensamiento tuvo y tiene en la adaptación a nuestro medio, aumentando nuestra capacidad de supervivencia y eficacia reproductiva. Se trata claramente de una línea evolutiva. Tal vez parezca lejana o ajena al trabajo del terapeuta cognitivo conductual, pero no es así.

El pensamiento es una forma de proceso mediacional simbólico, con él construimos una representación del mundo externo con la que luego podemos operar de manera más efectiva y práctica. Nuestra representación simbólica de la realidad nunca es tan compleja como su contraparte “objetiva”, sino que en el proceso de recrear simbólicamente nuestro entorno el cerebro realiza una gran cantidad de transformaciones de la información de las cuales nosotros no tenemos consciencia alguna. Y si bien en esto radica una gran ventaja, también se halla el germen de algunos problemas. Veámoslo más en detalle.

Algunos rasgos adaptativos pueden traicionarnos

El cerebro humano abrevia, organiza, agrupa, da sentido y coherencia al representar, en este proceso de transformaciones logra una imagen del mundo más clara y sencilla con la cual operar. Como es de esperar, el lenguaje juega en esto un papel central, aunque no exclusivo. Veamos un ejemplo: “Me encuentro en este momento escribiendo un artículo de psicología en mi computadora, sentado frente a una ventana desde la cual veo el parque de mi casa”. La frase anterior describe una acción sencilla, trasmite lo esencial de lo que estoy haciendo en este momento y otro ser humano de mi cultura podría entenderla perfectamente bien.

Pero justamente para lograr tal objetivo, mi cerebro ha realizado una serie de cómputos de los cuales yo no soy consciente, ello simplifica la descripción y la torna más manejable tanto para mí mismo como para quienes reciben este mensaje. Así, por ejemplo, desatiende totalmente a detalles acerca de cómo yo estoy sentado o los elementos que hay en mi parque. Entendemos que estoy frente a algún entorno con vegetación y espacio libre porque eso significa la palabra “parque”. Y aquí tenemos un ejemplo de las estrategias más comunes y más efectivas, “agrupar”, es decir, juntar en una sola representación todo un conjunto de elementos; luego sólo tengo que pensar o decir una única palabra para tenerlos todos en mente. En el ejemplo, la palabra “parque” significa que hay césped, árboles, plantas, seguramente insectos que no veo y muchos elementos más que no interesan a nadie. Pero no hace falta enumerarlos, todo queda contenido en un simple vocablo, “parque”.

No hace falta mencionar lo que la capacidad de “agrupar” ha permitido en el desarrollo humano particularmente cuando ella se combina con la creación de categorías abstractas y teóricas; como por ejemplo, “política”, “comunicación social”, “inconsciente”, “aprendizaje”. Estas palabras no son sólo agrupaciones de entes físicos tangibles sino que incluyen todo un conjunto de elementos a simple vista heterogéneos pero que terminan unidos por alguna lógica, razonamiento o el mismo conocimiento.

Entonces, recapitulemos. Los cerebros humanos poseen la capacidad de representar el mundo de manera simbólica y esto ha significado una ventaja en la adaptación al medio; los cerebros que mejor se han representado el mundo más chances han tenido de sobrevivir y dejar descendencia fértil; así esta cualidad se ve fuertemente favorecida por la selección natural. En otro artículo de esta revista, Terapias de sentido común, ya hemos defendido la idea de que el grado de adecuación empírica del pensamiento constituye una aspecto clave de los procesos mediacionales que puede incluso trazar una de las líneas divisorias entra la salud y la patología mental. El lector interesado puede remitirse al mismo para ampliar el tema. Nosotros tomaremos acá otro camino en la discusión.

Antes de continuar traigamos dos ideas. Primero, las leyes de la evolución no afirman que una característica determinada es adaptativa para todos los individuos y en todas las circunstancias sino que nos dicen que una determinada característica es adaptativa para la mayoría de los individuos en la mayoría de las circunstancias. Aplicado a nuestra discusión anterior, esto significa que en algunos casos, la capacidad de representar abreviadamente el mundo real puede darnos resultados no tan favorables. Segundo, cuando afirmamos que algún atributo humano ha sido favorecido por la evolución, siempre nos referimos más al ambiente arcaico que al actual. En efecto, la selección natural ha operado a lo largo de miles y miles de años en un ambiente muy diferente del que tenemos hoy los humanos modernos.

La estructura y el funcionamiento de nuestro organismo han sido moldeados por presiones ambientales más parecidas a las de una selva o un bosque que a las de una oficina o casa confortablemente calefaccionada. En otras palabras, nuestro diseño responde más a un ambiente como el de los humanos primitivos, donde existen peligros físicos de los cuales defenderse, donde la diferencia entre la vida y la muerte puede depender de unos escasos segundos que tardamos en reaccionar ante la presencia de un predador o en la velocidad con la que escapamos de él, donde el alimento escasea y requiere esfuerzo físico para ser obtenido. Este es el contexto de presiones ambientales que a lo largo de enormes períodos ha terminado por brindarnos el cerebro que hoy tenemos. Un cerebro que en unos escasos milenios transformó completamente su propio ambiente, salió de las cavernas y creó un mundo tecnológico mucho más confortable para sí mismo.

Pero los tiempos de la evolución cultural son mucho más cortos que los de la evolución biológica y la herencia persiste hoy en nosotros. En gran medida, nuestro cerebro sigue respondiendo a los estímulos de la vida moderna con rasgos que fueron seleccionados para adaptarse a un ambiente arcaico. En esta brecha entre la evolución biológica y la cultural, puede hallarse el origen de muchas de las patologías que hoy observamos.

Así entonces, la misma facultad de representación simbólica que tanto nos ha favorecido en nuestro desarrollo como especie puede en algunos casos volverse en nuestra contra. En términos psicológicos esto es la patología mental. En algunos casos, las construcciones simbólicas de la realidad que las personas efectúan conllevan sesgos y distorsiones que las hacen poco adecuadas. Esto trae aparejado dificultades para operar y ajustarse a los contextos reales por los que la persona transita. Existen muchos escenarios a través de los cuales los procesos mediacionales se pueden tornar desajustados y conducir a la patología psicológica. La ansiedad suele ser un suelo fértil donde germinan los desórdenes psicológicos, se trata de una de las funciones psicológicas más vulnerables a la patología y esto tiene su razón de ser.

Las investigaciones neurocientíficas han mostrado con claridad que nuestro cerebro reacciona fácilmente y en escasos milisegundos a estímulos amenazantes de los cuales muchas veces ni siquiera somos conscientes. Existen vías asociativas que no atraviesan la corteza pero que rápidamente activan los centros cerebrales del miedo y ponen en guardia al organismo para luchar o huir. Asimismo, se ha documentado que tendemos a reaccionar con ansiedad ante estímulos ambiguos probablemente amenazantes, y que sólo luego de una valoración más detallada, cuando estamos seguros de la ausencia de peligro, tendemos a desactivar los mecanismos defensivos.

Vale decir, nuestro cerebro posee una facilidad incrementada para detectar el peligro, para reaccionar con ansiedad y movilizar recursos ante la ambigüedad. ¿Por qué? Pues simplemente esto ha representado una ventaja evolutiva. Dado que los organismos con una reacción de miedo más rápida y lábil han tenido más chances de sobrevivir, esta característica ha sido favorecida por la selección natural . Pero como ya dijimos, nuestro ambiente se ha modificado, ya no somos predados por leones ni las serpientes se encuentran en nuestros hábitats. Sin embargo, ello no borra las marcas de la evolución.

Nuestro cerebro tiene una facilidad incrementada para detectar la amenaza y para interpretar la ambigüedad en su sentido amenazante. Esta tendencia natural puede a su vez verse intensificada por las experiencias de aprendizaje. El Trastorno de Ansiedad Generalizada (T.A.G.) es un buen ejemplo. En este cuadro, típicamente encontramos que las personas suelen padecer de un exceso de preocupación, vale decir, un pensamiento que anticipa exageradamente eventos negativos futuros que poseen muy baja o ninguna probabilidad de ocurrir o que, si ocurrieran, son de fácil solución.

Así, por ejemplo, si la persona que padece T.A.G. recibe una llamada de su jefe suele tener cogniciones tales como “me va a decir que trabajo mal” o “tiene algo malo para decirme”. Aunque la persona ha pasado varias veces por esta situación y sus interpretaciones se han mostrado equivocadas, no puede evitar volver a pensar de manera similar. Este es justamente un ejemplo de cómo los procesos mediacionales simbólicos pueden volverse desadaptativos. No es en sí misma la capacidad de representar, ni tampoco el hecho de que se represente algo negativo pues ello podría ser correcto.

En otras palabras, si esta persona tuviera la experiencia de que la mayoría de las veces que su jefe lo llama es para decirle alguna noticia negativa, entonces el anticiparse a esto ante un llamado suyo no es desadaptado, por el contrario la cognición negativa estaría en este caso representando bien lo que objetivamente pasa en el entorno laboral. Pero en este caso que nos ocupa no es así, la “realidad mediacional” no describe bien a su contraparte objetiva y este es el escenario que normalmente encontramos en personas que padecen este diagnóstico.

El T.A.G. también ilustra bien cómo, ante la ambigüedad, el cerebro tiende a efectuar interpretaciones negativas amenazantes por sobre las neutrales o positivas. Por ejemplo, el paciente con T.A.G. espera a su hijo que regresa de la facultad, pero éste último se retrasa; el paciente pensará muy probablemente “tuvo un accidente”, “le pasó algo malo y grave”. Vale decir, ante la ambigüedad de lo que representa una llegada tarde, el cerebro tenderá a seleccionar una de las peores explicaciones. Y nuevamente, solemos observar el mismo patrón que en el ejemplo anterior, esto es, el hijo del paciente ha llegado muchas veces tarde pero nunca debido a un accidente o suceso grave; no obstante ello, la persona con T.A.G. no puede evitar volver a pensar trágicamente. El ejemplo remarca no sólo que la representación de la situación no es adaptativa, también resalta la idea de que el cerebro preferencia las explicaciones amenazantes por sobre las neutrales en una situación de incertidumbre.

El rol del terapeuta

En el entorno de la Terapia Cognitivo Conductual, casi cualquier afección psicológica podría caracterizarse en alguna medida por el alejamiento que la representación simbólica del paciente tiene respecto de la realidad empírica. Cuanto mayor es la brecha entre una y otra, mayor será el grado de patología y por consecuencia, el trabajo terapéutico consistirá en acortar la distancia, esto es, en ayudar al paciente a que su realidad mediacional describa más adecuadamente a su entorno real.

Técnicamente hablando, este es el marco de trabajo propuesto por Aaron Beck con el nombre de “empirismo colaborador”. Como ya sabemos, se apunta a la modificación de los pensamientos y creencias del paciente siguiendo un criterio empírico: un pensamiento será tomado como válido si existe evidencia favorable al mismo. No obstante, el trabajo terapéutico no termina ahí.

Si el paciente padece un desorden psicológico debido en parte a la formación de pensamientos y creencias distorsionadas, parece lógico no sólo ocuparse de modificar a estos últimos sino también enseñar al paciente a que lo haga por sí mismo. Este derrotero técnico aborda un problema de meta-aprendizaje, vale decir, del aprender a aprender. Si la persona ha formado una representación del mundo tan distorsionada que dio lugar a una patología psicológica, han de existir fallas en la manera en la cual la persona aprende de la experiencia.

La forma en que aprovechamos la retroalimentación que nos da la experiencia, el modo en que extraemos conclusiones y aprendemos de los hechos de la vida cotidiana puede mostrar fallas y distorsiones. Por lo tanto, es una de las metas de la Terapia Cognitivo Conductual que el paciente no sólo modifique su representación simbólica del mundo sino que aprenda a realizar por sí mismo las transformaciones de la información necesarias para mantener a largo plazo una realidad mediacional adaptativa. Este es tal vez, uno de los máximos objetivos a los cuales aspiramos.

Conclusión y síntesis

La capacidad de formar representaciones simbólicas del mundo constituye una característica adaptativa fuertemente favorecida por la evolución. No obstante, en algunos casos ella puede tornarse patológica porque el modelo mediacional de nuestra realidad no se ajusta adecuadamente a su contraparte objetiva. Sumado a esto, la brecha existente entre la evolución cultural y la evolución biológica podría dar lugar a que muchas de nuestras reacciones arcaicas no sean adecuadas a las necesidades de nuestra vida moderna. Ambos factores colaborarían en la formación de la patología psicológica.

La Terapia Cognitivo Conductual constituiría un intento por ayudar a las personas con desórdenes psicológicos a ajustar su realidad mediacional más cercanamente al contexto objetivo pero también a que aprendan a realizar este proceso de adecuación por sí mismos. Se trata de un meta-aprendizaje que podemos sintetizar como “aprender a aprender”.

Fuente: Revista de Terapia Cognitivo Conductual (Lic. José Dahab, Lic. Carmela Rivadeneira y Lic. Ariel Minici) – http://cetecic.com.ar/revista/por-que-pensamos/

 
 

Bancos que luchan contra el olvido

El cerebro es un órgano complejo. En sus neuronas, conexiones y pliegues se esconde lo que sabemos, nuestras capacidades intelectuales, los recuerdos y, en definitiva, buena parte de lo que somos. Y también representa uno de los mayores retos de la comunidad científica. A día de hoy, muy poco se conoce de las partes que intervienen en muchas de las decisiones que tomamos o de aquello que aprendemos; y menos aún de los mecanismos que nos llevan a olvidar y distorsionar los recuerdos. Por ello, algunas iniciativas como los bancos de cerebros buscan soluciones a través de la investigación.

«Sólo sabemos algunas características, pero no cómo se producen y por qué, es todo un reto, por eso, poder contar con material real de nuestro objeto de estudio nos ayuda a analizar y comprender mejor el proceso degenerativo», explica la doctora María Llorens-Martín, investigadora del departamento de Neurobiología Molecular del Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC).

Para eso existen los bancos de tejidos neuronales. Aunque los investigadores llevan años trabajando con ‘copias’ de estas patologías en animales, todos ellos reclaman el objeto principal de su estudio, ese laberinto que es el cerebro humano, lugar privilegiado donde buscar la respuesta a estas enfermedades. «Afortunadamente la gente está concienciada de la importancia de la donación para salvar vidas, de ahí que nuestro país sea líder; pero, ¿cuántos saben que también sirven para mejorar la calidad de la vida?», se pregunta el doctor Alberto Rábano Gutiérrez, director del Banco de Tejidos del Centro de Investigación de Enfermedades Neurológicas (CIEN) de Vallecas (Madrid).

Su trabajo, como uno de los creadores de esta institución, consiste en facilitar tanto a los propios investigadores del centro como a otros externos, nacionales e internacionales, cerebros suficientes para desentrañar los mecanismos que generan las enfermedades neurodegenerativas; y con ello llegar al futuro y deseado tratamiento.

Donaciones poco conocidas

Los ‘bancos de cerebros’, como el que se localiza en el madrileño distrito de Vallecas, conservan tejidos cerebrales post-mortem con los que, de acuerdo con el propio paciente o sus familiares, se puede investigar en la cura de patologías como el Alzheimer, el Parkinson, la esclerosis lateral amiotrófica (ELA) o la enfermedad de Huntington.

«La ciencia busca el final del túnel de las demencias a través de ratones genéticamente modificados que puedan responder como si fueran humanos, pero la necesidad de saber a qué áreas afecta, cómo y por qué surgen este tipo de patologías en el cerebro humano es el origen de este tipo de bancos», señala el doctor Rábano. «El diagnóstico definitivo de patologías como el Alzheimer sólo es posible mediante el estudio cerebral post-mortem, y para ello es necesario la donación del cerebro, tanto sanos como enfermos, algo que todavía no forma parte del imaginario colectivo, aunque se va avanzando poco a poco».

Así, el Banco de Tejidos del Centro de Investigación de Enfermedades Neurológicas de Madrid cuenta actualmente con 167 cerebros procedentes de los donantes registrados en el banco desde 2007, de los que 57 fueron donados el pasado año, lo que representa un incremento de un 30% respecto a 2010. «Además, estamos en contacto habitual con 344 donantes, de los que el 79% son madrileños», explica Rábano.

«En lo que llevamos de año observamos que el incremento se mantiene de forma sostenida, lo que nos permite ser optimistas», explica el doctor Rábano que, aun así, se muestra algo decepcionado con la falta de cerebros de personas afectadas por el Parkinson, así como de donantes sanos. «Este banco se encuentra en el Centro de Alzheimer de la Fundación Reina Sofía, que entre sus cometidos, funciona también como residencia para personas con Alzheimer. Muchos de los pacientes en estados tempranos o sus familiares saben de la importancia de la investigación por lo que, además de gente de fuera que quiere donar, buena parte de nuestros donantes son residentes», comenta este especialista.

«El problema es que encontramos una carencia importante en cerebros con Parkinson, algo extraño teniendo en cuenta que es la segunda patología neurodegenerativa con mayor prevalencia tras el Alzheimer. Y lo mismo pasa con los tejidos sanos, necesarios para descubrir las diferencias entre unos y otros», indica.

Una necesidad en aumento

Para muchos especialistas, la importancia de estos bancos resulta vital en sus investigaciones. Según la Organización Mundial de la Salud (OMS) actualmente hay cerca de 35,6 millones de personas que padecen demencia, una cifra que se duplicará en 2030, mientras que para 2050 se prevé que la cifra se triplique y llegue a 115,4 millones.

Además «es la enfermedad crónica que mayor dependencia genera y también una de las que más gasto produce», relata la doctora Ascensión Zea Sevilla, miembro de la Unidad de Investigación Proyecto Alzheimer de la Fundación CIEN. «Lo mucho o poco que sabemos ahora sobre estas enfermedades ha pasado por el estudio de cerebros post-mortem y se necesita investigar todavía más para llegar a tratamientos efectivos. De ahí su importancia», señala el doctor Rábano.

Sin embargo, y a diferencia del resto de órganos, «muchas personas no conocen este tipo de bancos, otros tienen dudas sobre la compatibilidad de donar diferentes partes de su cuerpo (algo que ya es totalmente compatible) y, lo que algunas veces es más grave, muchos médicos desaprueban este tipo de donación», indica este especialista.

«Esto hace que todavía estemos lejos de alcanzar el número de donaciones que se realizan en países como Reino Unido, que cuenta con 15 bancos de cerebros, o en los países del norte de Europa», comenta. Aun así, además de ayudar a poner en marcha los bancos de Murcia y Salamanca, hay proyectos para abrir otro en Córdoba. «La idea es cubrir las necesidades de todo el territorio porque sabemos que gente de Canarias que ha muerto quería donar su cerebro y por no acudir a tiempo lo perdimos, estas cosas son las que queremos evitar», añade.

«Otro objetivo es conservar adecuadamente estos tejidos para que se puedan utilizar durante muchos años. Son la base de la investigación y de un posible tratamiento, pero cuantos más podamos conseguir, antes se impedirá que desaparezcan los recuerdos de tanta gente», finaliza Rábano.

Fuente: El Mundo – http://www.elmundo.es/elmundosalud/2012/07/06/neurociencia/1341595062.html

 

 
 

¿Qué pasa en tu cerebro cuando pierdes la paciencia y el autocontrol?

rechinarNeurocientíficos de la Universidad de Iowa (EE UU) han descubierto qué ocurre en el cerebro humano cuando una persona pierde la paciencia y la capacidad de autocontrol. Sus conclusiones se publican en la revista Journal of Consumer Psychology.

William Hedgcock, coautor del trabajo, ya había demostrado con anterioridad que el autocontrol es un recurso finito que se gasta con el uso. Cuando se utiliza demasiado de forma continuada, es más difícil que nos mantengamos calmados la siguiente vez que nos enfrentamos a una situación que exige controlar nuestros impulsos.

Ahora, un nuevo estudio con imágenes de resonancia magnética funcional le ha permitido demostrar que la corteza cingulada anterior (ACC), encargada de reconocer que una situación tiene muchas posibles respuestas y que algunas son más convenientes que otras, se activa siempre independientemente de la decisión que tomemos. Esta zona reconoce, por ejemplo, cuando algo nos tienta. Por lo tanto, la verdadera «llave» del autocontrol reside, según Hedgcock, en la región conocida como corteza prefrontal dorsolateral -la que dice “querría hacer esto, pero debo sobreponerme a ese impulso y actuar de manera inteligente”- se activa con menos intensidad a medida que nuestra capacidad de autocontrol se agota. Y las técnicas de neuroimagen revelan que es la falta de actividad de las neuronas de esta zona lo que hace que, en ocasiones, “las situaciones nos saquen de nuestras casillas” y no actuemos con sensatez, aclaran los científicos.

Hedgcock asegura que, de acuerdo con el hallazgo, el autocontrol debería ser comparado con una piscina que se puede vaciar por el uso y volverse a llenar cuando estamos en un ambiente sin excesivos conflictos, lejos de «tentaciones que lo desgastan».

Los resultados del estudio podría ayudar a desarrollar mejores programas de desintoxicación para personas adictas a las drogas, al alcohol, a las compras o a la comida, que suelen hacer cosas que preferirían no hacer. También ayudará a sujetos que nacen sin capacidad de autocontrol por un daño cerebral.

Fuente: «Muy Interesante» (Elena Sanz) – http://www.muyinteresante.es/ique-pasa-en-tu-cerebro-cuando-pierdas-la-paciencia-y-el-autocontrol

 

 
 

Los Padres – Guía para aprender a tomar decisiones – La Inteligencia Ejecutiva

Guía para aprender a tomar decisiones

 

‘La inteligencia ejecutiva’ / José Antonio Marina / Edita Ariel / Año 2012 / 186 páginas / 15,20 euros

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José Antonio Marina, filósofo y pedagogo, lleva muchos años dedicado a investigar cómo mejorar la educación de los hijos, aprovechando lo que la ciencia ha averiguado sobre el cerebro humano.

Su Universidad de Padres, que funciona a distancia como la UNED, fue creada con ese objetivo, el mismo que se convierte en el eje de su último libro, ‘La inteligencia ejecutiva’, un volumen en el que descubre que para sacar provecho de la razón y las emociones hay que tener capacidad de tomar decisiones, de tener el timón bien amarrado, lo que no es fácil en una sociedad en la que sobran estímulos y falta tiempo para ejercer de educadores.

Marina se plantea esta obra como la bitácora de un imaginario Congreso Mundial de Inteligencia Ejecutiva, por el que van desfilando los más importantes neurocientíficos del momento, como Antonio Damasio, Rusell Barkley, o la investigadora Carmen Pellicer.

Con todos ellos debate y de todos saca importante información porque, como asegura, «dejar un capital educativo es la mejor herencia para los hijos». De ahí que se centre en esta recién descubierta inteligencia ejecutiva, que ejerce de director de orquesta de las otras dos (la cognitiva y la emocional).

Una red diseñada por la educación

«Ahora, gracias a la neurología, vemos que es necesaria una inteligencia más integradora, que consiste en elegir las propias metas y gestionar los recursos para realizarlas», asegura a ELMUNDO.es. La tiene, afirma, quien es capaz de iniciar planes y terminarlos, pero a la vez son capaces de adaptarse a las nuevas circunstancias, quienes no tienen miedo a tomar decisiones.

«Cuando el cerebro humano evolucionó, creció el lóbulo frontal, que es mayor que en otros animales y organiza sus funciones. Es la sede de la inteligencia ejecutiva. Pero esa capacidad la adquiere el niño mediante la educación. Es como el lenguaje: todos podemos aprenderlo, pero si nos nos hablan, no lo usaremos nunca», explica el autor.

Como todos los niños nacen impulsivos y caprichosos, aprender a controlar sus deseos es el primer paso, algo que cuando no se hace bien genera trastornos de atención. «Hoy tienen demasiados estímulos y esa sobreestimulación, sin una inteligencia ejecutiva, hace fallar el conjunto. Son niños que reaccionan rápido, pero luego no recuerdan nada».

Marina alerta sobre el uso excesivo de nuevas tecnologías, como internet, que conllevan una nueva gestión de la memoria y la atención. «Los niños son hábiles en las multitareas, pero el canal que lleva toda esa información a la memoria a largo plazo no se amplía con internet y todo queda en un corto plazo que sirve para poco. Por eso hay que enseñarles lo que es importante memorizar y lo que no. Es la memoria de trabajo, que debe activarse cuando es necesaria».

Entre las funciones de esta nueva inteligencia ejecutiva menciona, además de la memoria de trabajo, el control de impulsos, centrar la atención, la gestión emocional, tener metas lejanas, ser capaz de iniciar la acción y perseverar en ella, tener flexibilidad mental y la llamada metacognición, que es la reflexión interior sobre cómo pensamos.

Retraso en los adolescentes

Se activan, dice, desde los seis meses, pero es a los 20 meses cuando se establecen enlaces entre lóbulo frontal y los centros emocionales. «Las últimas investigaciones indican que un entorno educativo favorece cómo se crean estas vías, que acaban de madurar en la adolescencia. Ahora se ha comprobado que esos lóbulos frontales retrasan esa maduración a los 20 años, y se debe a que no estamos educando a los hijos en la responsabilidad. Luego la educación está en el núcleo duro de la formación física del cerebro», argumenta.

Afortunadamente, los errores educativos son reversibles, porque el cerebro humano es muy plástico, pero defiende que «siempre es mejor educar que reeducar».

Esos errores son los que se reflejan en conductas con déficit de atención o hiperactivas, que asegura que ya tienen entre el 10 y el 12% de la población escolar. «Estos niños de mayores serán vulnerables porque no aprenden a soportar la frustración. Vivirán sólo el presente y tendrán más dependencias porque cuanto más débil sea su estructura ejecutiva, más se agarrarán a algo que les organice la vida. Si a ello se une la falta de empatía por el dolor ajeno, el 50% serán agresivos»

Por ello cree que la educación debiera ser una prioridad absoluta de cualquier Gobierno. «El problema es que estamos en buen momento teórico, en el que sabemos mejor qué hacer para tener hijos educados en sus máximas posibilidades, pero malo en la práctica por falta de recursos«, argumenta.

Aún así, al final, aprobaría al 40% de los padres. «Son los que son afectivos y exigentes a la vez. Pero no son los únicos responsables. El entorno cuenta y es importante influir también en él», concluye. El otro 60% está suspenso.

Fuente: «El Mundo» (Rosa M. Tristán) / http://www.elmundo.es/elmundo/2012/05/04/ciencia/1336146643.html

 

 
 
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El Cerebro y la música

Nunca hemos tenido más a mano que ahora nuestra música preferida. Minicomponentes, DVDs con recitales, pasacasetes en al automóvil y por supuesto los reproductores de MP3 que nos permiten llevar la mayor parte de nuestras canciones preferidas a donde sea que vayamos. Es que la música nos impulsa.

Un estudio realizado en la Escuela de Medicina de Stanford explica que la música despierta áreas del cerebro relacionadas con la atención, la memoria y la predicción de eventos. La música en nuestro cerebro se vuelve poderosa, no sólo a la hora de despertar estados de animo sino también muchas veces a la hora de ayudarnos a hacer tareas como trabajar o estudiar.

Christian Munnelly, estudiante de la Universidad de Missouri Oeste, sostiene que una vez que prende su MP3, ya no lo apaga. Escuchar música suave, lenta, lo mantiene concentrado en su trabajo, explica. Mitchell Bembrick, otro estudiante de la misma Universidad comenta que el escucha música al hacer sus tareas de matemática y hasta ahora le ha ido muy bien en las clases.

El Doctor Gilmour, profesor de esa misma Universidad sostiene que la música es poderosa. Cuando una persona escucha música todo su cerebro se ilumina. “La gente ama la música”, la pregunta es ¿Porqué? Daniel Levitin, autor del libro traducido como El cerebro y la música , se sirve de la neurociencia más avanzada y de la psicología evolutiva para proponernos respuestas.

En última instancia, la respuesta reside en el funcionamiento de nuestro cerebro. El doctor Levitin,explica que en el cerebro humano las conexiones neuronales se desarrollan rápidamente tras el nacimientos y prosiguen durante la infancia hasta que comienzan a depurarse, quedándonos sólo con lo “más usado”. Sería este el momento donde se marca la impronta que la música dejará en nuestras vidas, como nos ayudará y que tipo de estilo musical nos gustará más y menos.

Fuentes| Stjoenews.net

http:/psicologiayelser.blogspot.com.ar

 

 
 
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